Un llanto desde el potrero: Murió Diego Maradona

Por Carolina Mitriani (Argentina) – AIPS Young Reporter

Villero, pobre y autodestructivo. Culpable de haber nacido talentoso en el medio del barro de Villa Fiorito. Con la panza vacía y el corazón lleno de gol, Diego Armando Maradona fue una carnada diseñada a gusto del sistema capitalista. “Diego fue el primer producto de la globalización”, según Fernando Signorini, su preparador físico y amigo. La luz de sus 60 años llegó al ocaso y dejó una tristeza colectiva difícil de gambetear.

SAN NICOLÁS, Buenos Aires, 25 de noviembre del 2020.-  Avasallante, contradictorio y cuestionado como pocos desde el génesis del planeta. Tocado por la varita mágica del destino y encandilado por los brillos de las cámaras, que lo cegaron e hicieron tropezar más de una vez. Nacido del vientre de “Doña Tota”, a quien hizo “la madre más feliz del mundo”, como le confesó en comunicación telefónica. Un llamado que se dio después del histórico triunfo de la Selección Argentina frente a Inglaterra en el Mundial de 1986. No fue en cualquier lugar: fue en el Estadio Azteca, donde vengó poéticamente el dolor de los pibes que no volvieron de la guerra por las Islas Malvinas. Una justicia de las que Diego amaba y predicó hasta sus últimos días. El estandarte de un símbolo popular que en el tramo final de su despedida se sostuvo celebrando los triunfos sociales latinoamericanos y reclamando un impuesto a las grandes fortunas en Argentina para apalear la crisis provocada por la pandemia. Un referente en la lucha contra la meritocracia y ferviente seguidor de los gobiernos que miran a su gente y no pisotean sus ideales. No por casualidad el de arriba la paró de pecho y se la entregó a los pies, tirando paredes con Fidel Castro -un símbolo para Diego- a quien también se llevó un 25 de noviembre. Hoy el duelo es de su ser: del pueblo. Porque, al fin y al cabo, Maradona murió siendo un pobre millonario.

Ser dueño de una zurda prodigiosa, única, fue el pecado que lo arrastró a los rincones más oscuros de lo humano. Lugares que parecían no pertenecerle desde aquel momento en el que su nombre se convirtió en una palabra universal. Porque ningún diccionario define a Maradona pero todos los idiomas conocen su significado. “¿Sabes qué jugador hubiese sido yo si no hubiese tomado cocaína? Qué jugador nos perdimos” fue la mejor definición que se otorgó a sí mismo. Diego sintió el dolor de su adicción mucho más fuerte que el de su tobillo, ese que duplicó su tamaño pero también el coraje para seguir vistiendo la celeste y blanca con orgullo. Y es que para superar el flagelo del consumo problemático, su partido más difícil, el diez necesitaba de amores sin contratos ni billetes de por medio. El consejo a tiempo, el hombro sincero donde llorar las penas y no inhalarlas hasta sumergirse en un bucle de vacío, del que ni todo el dinero del mundo pudo rescatarlo.

Le cortaron las piernas y siguió caminando. Lo acalambraron con juicios y tentaciones. Le intoxicaron el cuerpo y el alma. A él, al pibe de la villa que soñaba con jugar un Mundial y sacar a su familia de la pobreza. Al pibe que levantó la Copa del Mundo en uno de los momentos más oscuros de la historia argentina. Una historia que lo necesitó para ser menos triste. Hoy ese pibe de Villa Fiorito debe estar sonriendo en el contento de la paz. Sin enemigos químicos que esquivar, sin consejos ambiciosos que escuchar, sin titiriteros escudados bajo el concepto de la amistad.

Dicen que Dios marca el momento de partir. Quizás el barrilete cósmico ya había firmado un contrato con su destino y simplemente se echó a volar al lugar donde los flashes no molestan y los drones no espían. Este viaje lleva de equipaje la felicidad del pueblo y el peso de los prejuicios. Esta muerte es la resurrección de su paz. Esclavo de sus talentos y demonios, se equivocó y pagó. Partió con la pelota bajo la suela, ganando el trofeo de la inmortalidad. Un dios errante y pecador. Un dios que no tuvo a quién rezarle para encontrar el milagro antes del final del túnel. El primer dios que San Pedro va a recibir. El más terrenal. El más argentino: el Diego.