Para despedir al “Caimán” Sanchez; leyenda del fútbol de Colombia​

BARRANQUILLA, Colombia, 17 de enero de 2020.- Efraín “Caimán” Sánchez, gloria del fútbol colombiano, al haber sido el primer futbolista de ese país en jugar en el fútbol profesional argentino, falleció el pasado jueves, a los 93 años. Estewil Quesda, barranquillero como el “Caimán” publicó en el diario El Tiempo esta despedida para el legendario portero.

El exarquero de la Selección, “Caimán” Sánchez falleció este jueves, en Bogotá, a los 93 años. En esta foto, junto a Estewil Quesada (derecha), miembro del ejecutivo de AIPS América, quien lo entrevistó hace unos años.​

Se fue el ‘Caimán’ Sánchez, el primer gran ídolo del fútbol colombiano

Por: ESTEWIL QUESADA FERNÁNDEZ

En el pasillo de la casa número 45-53 de la calle 67, en el barrio Boston de Barranquilla, Efraín Elías Sánchez Casimiro, quien murió este jueves en Bogotá a la edad de 93 años, adquirió la saltabilidad que le permitió convertirse por dos décadas en uno de los mejores arqueros del fútbol profesional del continente.Ese corredor de 1,28 metros de ancho, 3,5 de alto y 13 de largo, estos divididos en 65 baldosas rojas de 20 × 20, el cual comienza en la sala y termina en la puerta del patio, separando habitaciones, el comedor y la cocina, permanece igual desde la década del 40 del siglo pasado, cuando Caimán, como mejor se lo conoció, vivía con sus padres, Augusto y Clara (venezolana), y siete hermanos.

“En esos 26 metros de mi casa (el ejercicio era ida y vuelta, 15 saltos con una pierna y 15 con la otra) trabajé el tren inferior tratando de tocar el foco que iluminaba el corredor, y lo subía cuando lo tocaba –recordó con emoción el legendario deportista en extensa entrevista que concedió a este periodista la tarde del martes 5 de marzo de 2013, en su apartamento de Bogotá–. Durante 20 semanas, todos los días, lo hice: comencé en 2,30 metros y terminé, terminé bien alto”.

“ ‘Efra’ una vez nos contó que para hacer ejercicios no había necesidad de salir de esta casa –nos dijo su cuñada Rosina Calderín, la viuda de su hermano Alfonso, quien la habitó hasta su muerte en junio pasado–: que él los hacía aquí y remataba agarrándose de un salto del marco de la puerta del patio”.

El barranquillero, quien nunca usó guantes, nacido el 26 de febrero de 1926, empezó a ejercitarse cuando decidió ser arquero, su vocación, porque el fútbol lo llevaba en la sangre y desde niño quería ser como el español el ‘Divino’ Zamora.

Atrás, mucho atrás, quedó su intención de ser cantante, inspirado por su ídolo y rey del tango, Carlos Gardel, a quien no pudo ver porque le faltaron 32 centavos para la boleta cuando se presentó en el Teatro Apolo de Barranquilla y por quien lloró, días después, cuando murió en un accidente de aviación, el 24 de junio de 1935 en Medellín. En el Colegio de Barranquilla, donde estudió, el maestro de música Pedro Biava lo descartó en una prueba de coro.

Y poco antes había quedado atrás el béisbol (una vez bateó tres hits en cuatro turnos y se deslizó de manera espectacular en el plato para anotar, acción que recompensó el público con la primera ovación de su vida). Lo practicó con éxito por seguir los pasos de su hermano mayor, José, más conocido como el Patón, integrante luego de la Selección Colombia que ocupó el tercer lugar en la Serie Mundial, de Managua, en 1948.

“Por allá en 1943, Efraín jugó en el club Firestone, de segunda categoría, varios partidos en el estadio Romelio Martínez. Era tremendo primera base”, rememoró, en el 2015, su compañero Julio Guerrero Caraballo, hoy fallecido, quien luego fue promotor de boxeo.

“Yo nací con pasión deportiva, alimentada por mi padre que compró un radio General Electric –dijo Caimán esa vez en Bogotá–. Desde entonces escuchaba a Buck Canel en la Cabalgata deportiva Gillette y en las transmisiones de baloncesto, las Series Mundiales de Grandes Ligas con las actuaciones de Joe Dimaggio y Babe Ruth, y las peleas de boxeo de Tony Galento, Joe Louis y Max Schmeling”.

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Cuando se inclinó por el fútbol veía como estrellas a los dos primeros colombianos que contrataron en el exterior (Cuba): Roberto ‘Flaco’ Meléndez y Fulgencio Berdugo.

Era delgado y ágil recogebolas detrás del marco que defendían los arqueros consagrados todas las tardes en el estadio Romelio Martínez de aquel fuerte fútbol aficionado del Atlántico.

El portero estrella en Barranquilla era Dagoberto Ojeda, del equipo Caldas, quien reforzó al Junior en una gira a comienzos de 1944. Pero cuando regresó no se quiso reincorporar porque el siguiente partido de Caldas era contra Junior. En la víspera, el entrenador del Caldas, Severiano Lugo, lo sorprendió:

–Pibe, mañana vas a firmar para que juegues con nosotros –le dijo Lugo.

Y al verlo nervioso, que no respondía, le dio una recomendación:

–Ah, y tómate una valeriana.

Al día siguiente debutó en primera categoría contra ese Junior, base de la Selección Colombia. Caldas le dio los guayos.

“El sexto partido me sirvió para ver la realidad. Llevaba cinco consecutivos alzado en andas. Enfrentaba al Nariño, un duro rival. Recibí cuatro goles y perdimos 4-1. Ese día ‘aterricé’ y me di cuenta de la obligación de ser sencillo y humilde, sin importar los elogios”.

A comienzo de 1947, el equipo Oro de Guadalajara (México) llegó a Barranquilla a una serie de tres partidos. Sánchez, quien actuaba para el Deportivo Español, era el guía de los extranjeros y se ganó la confianza de ellos. Y hasta escuchó la charla técnica del primer juego, ante el Once de Noviembre. Pero, en el mismo estadio, el equipo local lo pidió como refuerzo. “Armando Plata, presidente del Oro, se puso detrás del arco mío –dijo sonriente Sánchez–. Y no se cansó de llamarme ‘espía’. Y en cada intervención mía expresó una frase que no olvido: ‘Hijo de su chingada madre’. Ganamos 5-2. De inmediato llegué a un acuerdo verbal para el año siguiente irme a México”.

Pero el viaje quedó postergado. Por petición del periodista barranquillero Jaime Riveira Abello, el director técnico de la Selección Colombia, el argentino Lino Trayoli, lo puso de titular –desplazando a ‘Bolón’ Acosta– en el Torneo Suramericano (hoy Copa América) de Guayaquil, de 1947.

En el estadio Capwell se destacó en el comienzo del campeonato, frente a Uruguay y Ecuador. Tanto que en una visita de cortesía a la selección de Argentina, a la entrada del hotel el domingo 7 de diciembre, la estrella gaucha René Pontoni le ofreció ir al San Lorenzo.

El 25 de abril de 1948, en La Plata, debutó como el primer colombiano en el fútbol argentino y tercero exportado. San Lorenzo ganó 5-2.

Al año siguiente, después de casarse con Xiomara Hernández, continuó defendiendo el arco del equipo de Buenos Aires, hasta que un nuevo entrenador lo mandó a la banca porque no accedió a recomendar jugadores suyos al fútbol pirata o ‘El Dorado’, como le decían al de Colombia.

“Esos 20 partidos titulares en Argentina me sirvieron para mi carrera deportiva, como también la permanencia casi dos años en ese país para crecer como persona. Siempre agradecí a Pontoni su recomendación… Allá me preparé con Alfredo Di Stéfano… Pero quien más me ayudó fue mi compañero Héctor ‘Pibe’ Rial”.

“Ese sí jugó con los que eran”, dijo en Caracol Radio Hernán Peláez, al comentar la primera parte de este trabajo publicado en EL TIEMPO, en el 2013, dedicado al aniversario 65 del debut de Sánchez en Argentina (Caimán confesó esa vez que Peláez, Iván Mejía y ‘mi hermano’ Édgar Perea eran sus mejores amigos periodistas).

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Regresó de Argentina en septiembre de 1949. De allá vino con su apodo mundial: Caimán, puesto por un periodista al conocer que nació en Barranquilla, lo llamó así por el coro de la cumbia de moda de José María Peñaranda que dice: ‘Se va el caimán, se va el caimán, / se va para Barranquilla’. Se vinculó al América, después pasó al Cali, Junior, Santa Fe y DIM.

“El mejor equipo en que actué fue el Medellín de 1955 a 1957 (ganó dos títulos). Ahí conocí un genio de fútbol, el argentino José Manuel ‘Charro’ Moreno, que era capaz de tomar cuatro días seguidos y salir como figura de la cancha el domingo. Él también dirigía y fue uno de los dos mejores entrenadores que tuve y quien me inició por esa línea. De ahí también surgió mi mejor amigo futbolista: José Vicente Grecco. Esos años en Medellín fueron muy buenos. En esa ciudad tuve un bar muy famoso: Caimán. Pero un deportista no puede nunca estar pendiente de un bar”.

Esa actuación en la capital de Antioquia le valió ser contratado por el Atlas de México en 1958. Allá permaneció dos años y recomendó al Oro de Guadalajara, por su buena relación que quedó de 1947, a ‘Maravilla’ Gamboa. Volvió al Medellín, y no dejó de ser convocado siempre a la Selección, hasta disputar, por primera vez para el país, un campeonato mundial, el de Chile 1962.

“Eso fue un orgullo, todo manejado por Alfredo Pedernera (su otro mejor entrenador), maestro que conformó una familia. Éramos los héroes. De Arica, donde jugamos, hay dos hechos inolvidables que me remontaron a mi infancia: conocí a mi ídolo de las narraciones, Buck Canel, que fue al hotel a buscar a Marco Coll, al día siguiente del gol olímpico, y Marco me llamó para comprobar si era verdad o alguien le estaba tomando el pelo. Y el famoso Pedro Escartín me calificó como ‘El Zamora suramericano’ ”.

En 1968 terminó su carrera de jugador en Junior, pero ya había dirigido al Medellín. Y a Millonarios (como jugador y DT fue campeón en 1964), como también a una selección Colombia sub-20. Entonces realizó el curso de entrenador y se convirtió en director técnico en propiedad. También manejó al Quindío, Junior, Mérida (Venezuela) y, lo más importante, la Selección Colombia, subcampeona de América en 1975.

“Tomé el modelo Pedernera: familia con disciplina, y todo caminó. ¡Qué grupo! Había de todo, como las ocurrencias en las concentraciones de Óscar Bolaños que nos mataba a todos de risas. Y en lo futbolístico ni qué hablar de mis jugadores. De ellos, el mejor arquero que vi de los tantos buenos que han existido en nuestro país: Pedro Zape”.

En esa, su posición, para él en el mundo los mejores fueron Roque Máspoli, Julio Cozzi y Amadeo Carrizo.

–¿Y los mejores futbolistas en Colombia? –pregunté.

–Muchos. Pero me quedo con ‘Flaco’ Meléndez, Romelio Martínez, Carlos Álvarez, ‘Chonto’ Gaviria padre, Jairo Arboleda y ‘Pibe’ Valderrama.

–Y en el mundo?

Gullit, Platini, Mattheus, Zico, Pedernera, Di Stéfano, ‘Charro’ Moreno, Omar Sívori y Pontoni.

–¿Pero no incluyó a Pelé?

–Pelé es un ángel negro que bajó del cielo para jugar fútbol –dijo el padre de seis hijos.

Caimán dirigió hasta 1987 en Junior de Barranquilla. Después se dedicó a comentar en prensa y a servir como instructor. El día de la entrevista confesó que su longevidad era gracias al valor de la educación física que le enseñó su profesor de colegio y periodista Julio ‘Análtico’ Gutiérrez (“todavía hago abdominales todos los días”) y a que había dejado de ser el niño goloso para comer saludable: verduras, frutas, pollo y pescado.

Con raíces de Curazao (su apellido era Cjetje), el barranquillero que veía últimamente el fútbol por televisión, creyente en Dios y devoto de la Virgen del Socorro, siempre recordó ese pasillo de la casa de su juventud que todavía existe en el barrio Boston, que le permitió que su nombre se escribiera en letras de molde y pasara a la inmortalidad.

“El mayor halago a ello me lo hizo el ‘Charro’ Moreno –dijo esa tarde en Bogotá, poco después de que su hija Jackeline llegara con la noticia de la muerte del presidente venezolano Hugo Chávez–. El argentino me dijo: ‘Negro, vos cuando saltás parecés al Obelisco de la (avenida) 9 de Julio de Buenos Aires’”.