Luis Avendaño: Del llanto, a la gloria panamericana

Por Yelimar Requena (Venezuela) – Periodista Joven AIPS América.-

CARACAS, Venezuela, 3 setiembre de 2019.- Cuando en momentos de gloria hay lágrimas en lugar de euforia, la escena es inolvidable. El sacrificio del protagonista se percibe en el aire y hay una conexión especial  que trasciende en el tiempo, más si de deportes se trata. Eso es lo que sucedió el pasado siete de agosto en el Coliseo Miguel Grau de Lima, Perú, cuando el venezolano Luis Avendaño se alzó campeón panamericano de lucha grecorromana en 87 kilogramos. 

Su llanto incontenible y sus manos temblorosas en lo más alto del podio son inolvidables. El fornido luchador, de un metro 84, llorando como un niño después de derrotar a varios de los mejores luchadores del continente, no solo fue inusual, sino que resultó una de las imágenes más conmovedoras de la justa. 

En ese momento, por su cabeza solo pasaban los rostros de su hijo Thiago –de tres años- y su esposa Soleymi, quien está a la espera de una niña que cambiará para siempre el ritmo de vida de esta familia. Pronto serán cuatro y las exigencias serán mayores, pero no hay espacio para el miedo, esa medalla dorada que ahora cuelga en su cuello lo hace sentir seguro y lo invita a soñar en grande. Lo más difícil ya pasó.

“Es increíble como la vida te pasa por delante en cuestión de segundos. Estando ahí pensaba en todo el sacrificio, los entrenamientos y el esfuerzo que puse en esta medalla, aun cuando hace un año no tenía donde vivir y pase momentos muy duros con mi familia. De pronto todo cobró sentido, todo valió la pena y era imposible no llorar”, confesó el luchador que se quedó con el oro al vencer en la final al mexicano Alfonso Leyva. 

Siempre estuvo convencido de que iba a ganar. Desde un principio supo que si alguien podía alejarlo del podio era Josef Rau, de EEUU, o Daniel Gregorich, de Cuba, los únicos dos países que tenían campeones panamericanos en esa categoría de 87 kilogramos. Y a ambos los había vencido previamente, aprovechó el campamento de preparación, que se instaló en Lima un mes antes del comienzo de los juegos, para analizarlos  y descifrar sus debilidades. 

“Yo me dedique a estudiar a mis rivales, fui muy estratégico, estaba enfocado y aproveché todo eso para llegar a la final y una vez que estuve ahí nunca dudé, sabía que iba a ser campeón”, aseguró el criollo, que pasó un mes entre Cuba y España preparándose para el torneo.  

Estaba llamado a obtener un buen resultado. Lo hizo todo, e incluso se cambió de categoría para lograrlo, pues venía de conseguir plata en los Juegos Suramericanos de Cochabamba y en los Centroamericanos de Barranquilla (2018), en los que compitió en 77 kilogramos y no logró vencer en las finales porque se sentía agotado. Bajaba entre siete y ocho kilos para competir  y sus condiciones mermaban siempre a un paso de la gloria.

Entendió entonces que debía pelear en 87 kilogramos e insistió en ir a Lima bajo esa categoría que, finalmente, le regaló el oro que tanto buscaba, uno de los nueve que consiguió Venezuela en esta edición. 

Un premio a la constancia

En su filosofía de vida rendirse no es opción. Titubear ante los grandes no es lo suyo. Cree en su talento y le gustan los retos, quizás es algo que está implícito en su ADN, el resultado del esfuerzo de su padre, que insistió en sacarlo de los campos de fútbol de su natal Valera para llevarlo a la lucha, donde a la postre halló todo lo que lo hace feliz. 

“Este deporte me lo ha dado todo. Mi esposa es luchadora, muy buena, de las mejores, así que hasta el amor lo encontré en esta disciplina, mis hijos vienen de ese amor y todo lo que tengo -poco o mucho- ha salido de aquí con mucha perseverancia, porque yo no era precisamente bueno cuando empecé, es más iba de regular a malo”, recordó risueño, mientras confesó que en sus comienzos pesaba 26 kilos y peleaba en 34 porque era la única categoría donde no había nadie y tenía una pequeña oportunidad. 

No era falta de talento, su padre estaba convencido de que su muchacho estaba para grandes cosas y el tiempo se encargó de darle la razón. En sus primeros años consiguió ser campeón juvenil en varias oportunidades y desde los Juegos Bolivarianos de Trujillo 2013 ha trabajado arduamente por destacar con la selección nacional adulta. 

En los Panamericanos pasados, en Toronto, quedar quinto solo sirvió para que aumentar su compromiso, se exigió cada vez más y no desistió. El resto es historia. 

Su personalidad tímida, cauta y amable no alcanza a reflejar el compromiso y la garra con la que compite y siempre apuesta al oro. Es incansable y  apasionado. Tiene alma de campeón y no por lo hecho en Lima, sino por todo lo que aspira a lograr de aquí en adelante. 

“Yo sigo trabajando como si no tuviera nada. Esa es la única forma de hacer las cosas en el deporte. Mañana todo el mundo se va a olvidar de esta medalla, la única forma de perdurar en el tiempo es seguir consiguiendo buenos resultados”, explicó el venezolano, mientras sus ojos se iluminaban al hablar de lo que espera sea su legado deportivo. 

“Yo planeo conseguir muchos más triunfos para Venezuela y convertirme en un rostro conocido, un referente de la lucha, capaz de atraer a nuevos practicantes. Yo quiero que los niños se enamoren de esto y se interesen en esta disciplina como lo hacen con el beisbol o el fútbol, porque al final este deporte siempre le ha dado muchos triunfos al país y calza perfecto con esa tenacidad que distingue al venezolano”, reflexionó. 

El mundial de lucha en Kazajistán es su próxima parada y ahí espera conseguir el boleto a Tokio 2020, donde le aguarda un reto más grande y sueña escribir un nuevo capítulo en la historia del la lucha olímpica venezolana.