La violencia eclipsa los auténticos valores

Observando a distancia el desenvolvimiento de los acontecimientos del deporte más popular en el Paraguay, el futbol, apreciamos con mucha preocupación el cada vez más tenso clima de envolvente violencia, que se traduce en una minoritaria pero hasta ahora incontrolable masa de inadaptados para quienes ir a la cancha es la oportunidad de dar rienda suelta a sus más bajos instintos.

Por Pedro García Garozzo – pggsport@cdfenix.com.py

Las medidas de seguridad que se han implementado resultan insuficientes y no han conseguido erradicar el problema que peligrosamente persiste y se extiende. Si bien los controles existen para evitar el ingreso de bebidas alcohólicas o elementos que puedan ser utilizados como proyectiles o improvisados contundentes armamentos, hay quienes son más peligrosos no por lo que traen de afuera sino por lo que llevan por dentro (accediendo a las gradas alcoholizados o drogados, para escudarse en el anonimato a la hora de manifestarse).

Es tal el clima de inseguridad que envuelve a los partidos, que cada vez son menos quienes hoy se animan a concurrir a los estadios en familia e inculcar la afición por el futbol a sus hijos.

Cuando se juega un clásico, con más razón se extreman medidas de seguridad. Pero ello no sólo se da en el campo de juego en si sino en los alrededores del escenario, en el transporte público y hasta en las calles, en las que transitar ya sea en vehículos o a pie, se torna temerario especialmente a la hora del retorno de los enceguecidos hinchas y de las barras bravas, que más que tales deberían ser rotuladas como criminales.

Una creciente nómina de víctimas de este flagelo, debiera movernos a extremar esfuerzos para evitar desgracias que si bien no llegaron al extremo de un trágico y horroroso Heysel (*), con semejante caldo de cultivo se corre el riesgo de su reeditarla.

El casi total olvido de los auténticos valores que el deporte preconiza, hace que se distorsione totalmente el real significado del deporte, cuyos nobles postulados, cuando se los reconoce y se ponen en practica, sirven para unir a sus cultores y seguidores, que conducen a la exaltación de los más nobles sentimientos que atesora el hombre, al ser en esencia semejante a su Creador. Ciertamente la palabra deporte, comienza con la letra D de Dios y termina con la E de eternidad, que es la meta que aspira alcanzar el ser humano.

Si bien es una realidad triste, lamentable y palpable en las más diversas latitudes, no debemos quedar cruzados de brazos sino buscar una salida como la que se impuso en Inglaterra, donde en tiempo de los “holigans” era imposible pensar en estadios sin alambradas.

Ellos encontraron la salida que no fue otra que  la vía de drásticas sanciones a infractores, que van desde prohibición de por vida de acceso a los estadios hasta cárcel y por años.

Aquí ocurre exactamente lo contrario y al amparo de la impunidad o tibias sanciones, el mal no solo sigue vigente sino creciente. Se impone ejercer una acción que encare el problema, le ponga urgente freno y corte de raíz.

Los esfuerzos que se puedan hacer para rescatar aquellos elevados principios eclipsados por la violencia, se tornan impostergables e imprescindibles.

(*) El 29 de mayo de 1985, en el estadio Heysel de Bruselas, en ocasión de la final de la copa de Europa entre Liverpool de Inglaterra y Juventus de Italia, desmanes provocados por los hinchas ingleses (hooligans) dejaron el saldo de 39 muertos y alrededor de 600 heridos. Juventus obtuvo el título al vencer 1 a 0.