Gotas de saber: Apabullante dominio generador de cambios

Apenas después de celebrar su tercera edición en territorio estadounidense, los Juegos Deportivos Panamericanos sufrieron un sustancial cambio en su organización, pues en lo adelante no volverían a optar por las medallas tres atletas por país, como se había venido haciendo en concordancia con el patrón olímpico.

Por Enrique Montesinos (*)enriquemontesinos@hotmail.com

Alfred Oerter, iluminó el firmamento atlético de los Juegos en 1959.


Los éxitos estadounidenses en la cita anterior mexicana entusiasmaron de tal manera a los directivos del deporte de Estados Unidos en esa época que decidieron utilizar dichos juegos continentales como te fogueo de cara a los Olímpicos, del año siguiente, los de Roma 1960.

Aprovecharon la condición de sede en la poderosa industrialmente ciudad de Chicago —la original nominación de Cleveland se decantó por problemas económicos— e inscribieron un formidable equipo, seleccionado por primera vez a la manera olímpica mediante eliminacio­nes generales a las que convocaron todo lo que valía y brillaba en el país.

El resultado final de esa decisión, sin duda propiciadora de un mayor nivel cualitativo general para la lid hemisférica, resultó paradójicamente controversial, pues el resto de los países contendientes se sintieron virtualmente apabullados en la inmensa mayoría de los deportes, en los que el podio de premiaciones era totalmente abarcado por estadounidenses.

Dicho poderío abrumó al extremo de que los gigantes del Norte conquistaron nada menos que 122 de las 165 medallas de oro, sin que otro país pudiera llegar tan siquiera a cifra de dos dígitos, pues apenas nueve correspondieron Argentina, segunda, y ocho a Brasil, tercer lugar.

Al unirse con 73 premios plateados y 54 de bronce, creció hasta 249 el total de preseas, superior a la mitad de 491 distribuidas y galácticamente distanciado de las 43 argentinas, las 26 brasileñas o las 56 de Canadá, sublíder en ese renglón, aunque cuarta por oros (7-21-28).

De esa forma, y por acuerdo de la Organización Deportiva Panamericana, en adelante solo podrían ser dos los atletas inscritos por país, a fin de promover al menos la aspiración de luchar por la medalla de bronce.

En cuanto a la edición que nos ocupa, entre el 25 de agosto y el 7 de septiembre de 1959, el número de competidores descendió a 2 161, aunque el de países creció a 24, aparte de que por esa época las colonias británicas del Caribe abandonaron momentáneamente su llamada independencia deportiva para unificarse bajo la bandera de una denomi­nada Federación de Indias Occidentales (FIO), en cuya vanguardia estaban enrolados magníficos atletas de Jamaica y Trinidad-Tobago.

Innovaciones no faltaron en el protocolo tradicional. Los Boys Scouts sustituyeron a los atletas en el traslado por relevos de la llama panameri­cana, desde el Cerro de las Estrellas, en México. Además, la antorcha fue eléctrica, sin la flama original, y el encendido del hornillo se realizó de manera automática durante una ceremonia inaugural donde se evidenció la ausencia de calor popular y el temperamento latino de las precedentes.

En el atletismo, el brasileño Adhemar Ferreira da Silva conquistó su tercera corona consecutiva en triple, escapando a la superioridad casi absoluta de Estados Unidos, ganador de 26 títulos de 32 posibles y autor en siete pruebas del 1-2-3, aunque llamó la atención que le recetaran idéntica dosis en la final masculina de 400, acaparada por caribeños representantes de la FIO: Kerr (JAM), Ince (TRI) y Spence (JAM). En esta lid atlética debutó Wilma Rudolph, la llamada Gacela Norteña, inmortalizada en el mundo deportivo al año siguiente gracias a tres de oro en la velocidad de los Juegos Olímpicos de Roma.

Estrellas universitarias del calibre de Oscar Robertson o Jerry West, consagradas posteriormente al máximo nivel, colaboraron en un literal aplastamiento de los rivales en baloncesto. Los locales también se reafirmaron en el femenino de ese deporte y el masculino de voleibol, además de arrebatar el cetro argentino en polo acuático.

Pero quedaron con las ganas en fútbol, color albiceleste por tercera vez; en el torneo femenino de voleibol, donde ascendieron las brasileñas a costa de México; y en el béisbol, acaparado por Venezuela, en un certamen cuya gran sorpresa fue la eliminación de Cuba del cuadro de medallas.

No obstante tal descalabro en su deporte más popular, y otra rezagada posición en la tabla general de medallas (8vo, 2-2-4=10), los cubanos tuvieron ocho meses antes una triunfante Revolución cuya política de promoción deportiva daría mucho que hablar.

* MAS GOTAS DE SABER:

—Una pareja de naciones debutantes fue la de Bermudas y Guyana, en tanto se ausentaron Colombia y Paraguay.

— Se efectuaron un total de 164 pruebas, más fueron entregadas 165 al doblarse la cifra en las anillas de la gimnasia artística con el empate de Jamile Ashmore y Abraham Grossfeld, ambos de Estados Unidos.

—Argentina perdió reñidamente el boxeo, con tres coronas frente a cuatro de los anfitriones, aunque entre las cuatro cuerdas del ring los latinoamericanos impresionaron de conjunto con seis títulos de diez al unirse dos de Brasil y uno de Chile.

—Los albicelestes, sin embargo, recuperaron el liderato en ciclismo, con tres victorias de cinco posibles, gracias al liderato de Juan Canto en velocidad y el accionar de Ricardo Senn en ruta, coronado en la individual y motor del equipo vencedor.

—Las muchachas comenzaron a embellecer con su presencia la gimnasia artística…

—En sustitución de Rafael Fortún los cubanos presentaron a un corredor de pequeña estatura pero de una arrancada temible, quien llegó tercero en el hectómetro. Se trataba de Enrique Figuerola, convertido posteriormente en referencia mundial de la velocidad, cuarto olímpico en Roma y plateado en Tokio 1964.

—El atletismo se prestigió con la presencia de Alfred Oerter, campeón bajo los cinco aros en Melbourne 1956, quien solo asistió a estos Panamericanos (ganó amplio con récord de 58.13), pero se inscribiría en el firmamento atlético universal por la hazaña de ser el único discóbolo en conquistar cuatro coronas a ese nivel, hasta Ciudad México 1968.

—Y no puede dejarse de mencionar el concurso de Wilma Rudolph, aunque fuese solo plateada en 100 y campeona en la posta corta. Portaba una figura tan estilizada que no dudaron en llamarla la Gacela Negra. En Roma se consagró ganando los 100 metros en un tiempo de leyenda entonces, 11 segundos, luego dominó los 200 y ayudó a la posta a cronometrar récord mundial, convirtiéndose en la primera mujer estadounidense con tres cetros en un mismo certamen olímpico.

(*) Primer vicepresidente de AIPS América y autor del libro Juegos Panamericanos, desde Buenos Aires 1951 hasta Río de Janeiro 2007

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