Opinión: Código de barras, violencia en el fútbol

Por Fernando Cáceres (Secretario Nacional del Deporte de Uruguay) 

MONTEVIDEO, Uruguay, 3 de mayo de 2019.- “La violencia engendra la violencia, como se sabe; pero también engendra ganancias para la industria de la violencia, que la vende como espectáculo y la convierte en objeto de consumo”. Eduardo Galeano.

Erradicar la violencia de los estadios es necesario pero insuficiente. Para restablecer las condiciones de paz en el fútbol es preciso desmantelar las estructuras de barras bravas que nacieron, se desarrollaron y se sostienen aun desde adentro de los propios clubes.

El Secretario de Deportes del Uruguay, Fernando Cáceres (der.) saluda al presidente del CPDU Ernesto Ortiz. Cáceres enfocó un tema de gran actualidad.

El fútbol no puede evitar que la violencia social lo alcance, pero hay una violencia propia del fútbol que debe ser enfrentada en su particularidad y desde su propia fuente.

De aquellos grupos de hinchas entusiastas que aportaban alegría y color al espectáculo y de aquellos tres o cuatro “pesados” que custodiaban un vestuario a estas barras delictivas no sólo hay un largo período de tiempo. El fútbol, la sociedad y el mundo han cambiado. La industria del espectáculo y los códigos de comportamiento son otros. El hecho deportivo incorpora nuevos actores y protagonistas.

Existen diferencias muy evidentes entre el hincha de siempre y el barra contemporáneo. El hincha posee un vínculo emocional con sentido de pertenencia al club, mientras que el barra se vincula por interés personal o grupal, anteponiendo sus intereses a los del club del que percibe, directa o indirectamente, beneficios económicos y oportunidades de reconocimiento social que dan sustento y sentido a su existencia.

El hincha puede participar en situaciones de violencia, generalmente espontáneas, episódicas, producto de un momento de pasión motivado en la intensidad emocional de un partido. Violencia efímera que debemos combatir también, por supuesto. El barra, en cambio, promueve situaciones de violencia organizada, sistemática, como parte de una expresión propia de afirmación personal y social, como manifestación de poder y como defensa de su propia existencia y perdurabilidad.

Cuando la adhesión espontánea y auténtica deviene en dependencia económica o laboral, cuando se instala un sistema que posibilita la generación de ingresos fáciles mediante actividades delictivas, las demandas y las exigencias tienden al infinito. De esta manera, el sistema de barras propende a perpetuarse y a crecer. Su autorregulación es posible, pero no para autoimponerse límites, sino para su reproducción parasitaria.

Quienes alientan la sostenibilidad de estos grupos y quienes los consideran con indiferencia tal vez no sean conscientes de la voracidad desenfrenada de sus ambiciones. Nadie destruye el orden que le da sustento y gracias al cual vive y da sentido a su proyecto de vida. Muy por el contrario, se procura y encuentra la manera de evidenciar que ese orden es necesario.

El sistema de barras vive y se sostiene en el submundo de la informalidad, en los pactos secretos celebrados en la oscuridad de las fronteras institucionales, en las amenazas y las conductas intimidatorias de los barras, en el aliento y respaldo soterrado de algunos dirigentes inescrupulosos, y en el temor y el miedo natural de los dirigentes mayoritarios y responsables. Se sostiene con aportes económicos regulares, con prebendas de distinta naturaleza, con asistencia y apoyos encubiertos. Pero se sostiene, fundamentalmente, por la aceptación y validación tácita o en virtud de la indiferencia de los actores involucrados en el hecho futbolístico.

El desmantelamiento de estas estructuras no es fácil y requiere la intervención de diferentes actores públicos y privados. Así como se demanda que haya mayores garantías a las autoridades públicas, legítimamente, también se debe asumir que el compromiso inicial, el punto de partida para acometer esta problemática, debe proceder de los propios clubes.

Como consecuencia positiva de la suspensión del clásico del 27 de noviembre y del posterior decreto presidencial de diciembre de 2016, se inició un proceso de sinceramiento y reconocimiento del problema. La existencia de estas estructuras ha sido aceptada por las directivas de los clubes, que han manifestado en más de una ocasión la voluntad de avanzar hacia su desarticulación. También desde el ámbito público hemos alentado este impulso y ofrecimos ayuda para otorgar las garantías necesarias. Todo parece indicar que estamos en un momento propicio para ratificar los compromisos y aprovechar las circunstancias que nos permitan avanzar en este camino.

Esta problemática suele ser objeto especial de atención cuando ocurren hechos trágicos. Con el paso de las horas, otras noticias pasan a ocupar los primeros lugares de preferencia y la preocupación general se va diluyendo. Sin embargo, la violencia estructural, sistemática, sistémica, permanece a resguardo y las soluciones, necesariamente colectivas y coordinadas, continúan a la espera de acciones de fondo.